jueves, 18 de septiembre de 2008

12-La Casa

DUODECIMO E-MAIL
De: "Eleazar" eleazar@eleazar.es
Asunto: La Casa
Fecha: domingo, 29 de julio de 2007
Hola a todos:
La casa, como podéis ver, no está nada mal. La construyó un francés con gusto. Creo que fue un antiguo Embajador o Cónsul de Francia en Casablanca. Lo hizo en los años treinta y la tenía como su segunda residencia. Ochenta años después sigue siendo la mejor casa de la zona. Además, tiene jardín. Y eso, en un lugar seco y árido como este, es todo un lujo, un placer, un regalo para la vista. Esta algo retirada del mar, pero es lo que menos importa. Entre la casa y el mar no hay otra cosa que una laguna que se llena de agua conforme sube la marea, así que el paisaje va cambiando según el momento del día. Muchas mañanas me he levantado y he desayunado mirando el paisaje. Otras lo he hecho por la noche mientras me fumaba un cigarrillo viendo la puesta de sol, y si la había, la luna. Aunque si queréis que os diga la verdad, no han sido demasiadas, pues yo aquí, lo tenía claro desde un principio, no había venido a hacer turismo. Me he estado levantando entre las cinco y media y las seis de la mañana, rivalizando con el gallo, no exagero. No sé quién ha ganado, pero creo que voy por delante, aunque esta semana, que me estoy relajando, le dejaré que me pase, no quiero herir su orgullo delante de todo el gallinero.
Antes de las seis y media ya estaba en el taller. Alí, que se había levantado casi al tiempo que yo, ya me tenía preparado un desayuno, compuesto básicamente de un zumo de naranja natural, un café con leche y una o dos magdalenas. De vez en cuando me hacía un par de huevos fritos, pero yo le tenía dicho que no muy a menudo, que no quería coger malas costumbres. Si le digo a mi mujer en Barcelona que me prepare un par de huevos fritos por la mañana, el bufido que pega lo escucháis en vuestras casas. Permanecía pintando en el taller hasta las dos, o dos y cuarto, un paro de una hora para comer y vuelta a trabajar hasta las nueve o las diez de la noche. Unas catorce horas de trabajo, el doble, por no decir el triple, que en España, a pleno rendimiento, sin ninguna otra obligación que no fuera la de pintar. Pintar, comer y dormir. Eso era todo. De vez en cuando, eso sí, una vez por semana, rompía la rutina porque la nevera estaba vacía. Entonces cogía el coche y me desplazaba hasta El Jadida, la antigua Mazagán portuguesa, a unos cuarenta kilómetros de la casa. Era la excusa que tenía para ponerme en contacto con vosotros y enviaros un e-mail. Si además había respuestas, volvía a la casa lleno de energía. Era el mejor momento de la semana, tanto que a veces me olvidaba de la norma y me marchaba a la ciudad sólo para saber si alguien se acordaba de mí. Soy un sentimental. Podéis creerme si os digo que era como una necesidad sin la cual era difícil trabajar. No exagero lo más mínimo. El que lo ponga en duda que lo pruebe.
El Jadida es una ciudad a medio camino entre su pasado de continúas refriegas con los portugueses y su futuro, de un desarrollo turístico que a mí no me interesa demasiado. Fue edificada junto al mar al que se asoma con una agradable playa. De su pasado vale la pena visitar La Cité Portugaise, unas murallas que conservan cinco espléndidos bastiones que me recuerdan a los que vi hace dos años en Campeche (México). Aquellos los construimos nosotros, pero la arquitectura militar es igual en todas partes. Los portugueses aguantaron un asedio de más de dos siglos, y a final, antes de salir por piernas, minaron y quemaron la ciudad y se largaron. Afortunadamente, apenas unos años después, fue reconstruida y rebautizada como El Jadida (La Nueva). Dentro de la Cité no se puede dejar de ver La Cisterna, un aljibe en cuyo interior se han rodado varias películas entre ellas Otelo de Orson Welles, y Harén. Si queréis más datos os compráis una guía. Esto no es la Oficina de Turismo.
Continuo con la casa. Como os decía, la casa se encuentra aislada, junto a una carretera, frente al mar. Para llegar a él hay que atravesar la laguna por un terraplén por el que difícilmente caben dos coches, pero vale la pena hacerlo porque la playa es espectacular. Virgen, como lo serían las nuestras hace cien años. Hasta hace un par de semanas, si ibas a la playa estabas tú solo, quizás algún pescador arreglando sus redes, pero poca cosa más. Ahora han puesto un chiringuito, y aunque no son más de veinte o treinta personas las que vienen a la playa, ya no es lo mismo.



Sigamos con la casa. No esta mal, ya os lo he dicho. Tiene un cierto aire decadente que la hace atractiva, pero también tiene los inconvenientes de quién no vive en ella y por lo tanto no se preocupa demasiado por solucionar los problemas que se vayan presentando. El dueño, Said, tiene previsto construir, dentro de un par o tres de meses, un hotel en el espacio de tierra que la rodea. Esto no afectará a la casa, que seguirá siendo ocupada por un artista que venido de Europa o de EE.UU. permanecerá en el lugar pintando a todo trapo para la exposición que Said le tiene programado hacer en su galería de Casablanca. Ahora que hace buen tiempo, los domingos suele venir por la casa. Lo hace acompañado de su mujer, de sus dos hijos y de tres perros de los que no se separa ni un minuto. Suelen ir a la playa. Algunas veces les he acompañado, pero creerme si os digo que prefiero quedarme en el estudio. No me gusta demasiado estar tumbado al sol sin hacer nada, sobretodo cuando tengo trabajo pendiente. Cada uno tiene sus manías. A veces le acompaña Alain, un francés que lleva la dirección del hotel de Azemmour. Es una excelente persona que te contagia el gusto por el refinamiento como si fuera la cosa más natural del mundo, sin artificios.


He estado en esta casa algo más de dos meses y medio. He sido el primero que ha estado tanto tiempo, pues normalmente los artistas que vienen suelen estar entre quince y treinta días. En este tiempo he pintado veintiocho cuadros. Según el galerista, estoy hecho un máquina, aunque yo creo que eso me lo dice para animarme, pues según me consta, el resto de los pintores que han pasado por aquí han pintado el doble en la mitad de tiempo. Debo de admitir que soy un flojo.Esto es todo. Espero que os hayáis hecho una buena idea de la casa. El que quiera mas datos que compre un par de kilos de jamón y que se venga a compartirlos, que a mí aún me queda una semana de estar por estas tierras. Después, como ya sabéis, me marcho al silencio del desierto. Un abrazo para todos,

Eleazar

P.D: Junto a las treinta fotos de la casa, numeradas para que podáis seguir la secuencia, os adjunto las fotografías de mis dos últimos cuadros. En realidad los empecé apenas llegar a la casa, pero se trata de ese tipo de cuadros que uno empieza y no sabe como terminarlos. Ocurre de vez en cuando. No muy a menudo, pero ocurre. Los artistas saben de lo que estoy hablando. No conozco a ninguno que no tenga un par de cuadros en su estudio sin acabar. Y a mí me ha ocurrido ahora, estando en Marruecos. Me los pensaba llevar de vuelta para España, para seguir mirándolos allí y estudiar la manera de acabarlos. Pero no ha hecho falta. Lo he hecho aquí. El problema estaba en que no encontraba la frase. Tenía muy clara la idea pero no encontraba la frase. No sé si lo sabéis, pero para mí es muy importante, antes de ponerme a pintar, decidir que es lo que quiero transmitir, y para ello, entre otras cosas y para que quede claro, necesito la frase que, como un golpe seco, que diría el poeta, dé sentido al cuadro. En esta ocasión pensé que lo tenía claro, pero estaba equivocado. Os lo cuento. Cuatro días antes de salir de Barcelona asistí en la Costa Brava a la boda de unos amigos. Una ceremonia entrañable que recuerdo con cariño, pero lo que más me llamó la atención fueron los contrayentes pues las miradas y las sonrisas entre ellos me transmitían una sana envidia que todo hombre y toda mujer tienen que desear tener, estar enamorado. Así que con estas premisas empecé el cuadro, pero no avanzaba precisamente por culpa de no tener claro que frase iba a escribir. Sabía que quería pintar un cuadro de un hombre y una mujer enamorados, pero me faltaba lo más importante, la frase que le diera sentido y contenido a ese sentimiento. El que los rostros de ellos estuvieran acabados, era lo menos importante. Me faltaba la frase y mi error había consistido en que había empezado el cuadro sin tenerla, pensando, grave error, en que en este caso era suficiente con pintar el rostro de ellos. Ese era el problema. Aparentemente sencillo, pero para mí infranqueable. Y el otro día, mientras empezaba a embalar mis bártulos para marcharme, me senté tranquilamente frente a los dos cuadros y empecé de nuevo a estudiar la frase que tenía que haber estudiado desde el comienzo. Cuando por fin me vino a la cabeza, el resto fue coser y cantar. Y es que el acto de crear es eso. El tiempo de ejecutar, normalmente rápido y el tiempo de pensar, necesariamente mas pausado. El cuadro tiene que tener mucho tiempo de mirada, tiene que cocerse lentamente en nuestra retina, solo así se empapa de nuestros sentimientos, solo así llegamos a entenderlo y a saber que es lo que nos pide, que es lo que le falta.

Para los que estáis deseando descansar de mí, quiero decirles que aparte de este sólo me queda por enviar un e-mail más. Pero ese prefiero enviarlo mañana. No os quiero agotar.

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