DECIMO TERCER E-MAIL
De: "Eleazar"
Asunto: Hablando con Alí
Fecha: martes, 31 de julio de 2007
Hola a todos:
Este es el e-mail número 13 que os envío. Algunos no tienen suerte ni para eso. Me refiero a Alí.
Hablando con Ali. Podría ser el título de una novela, pero no lo es. En Marruecos hay pocas novelas que contar. Algunos podrían pensar lo contrario, pero estarían equivocados. Otros pensarían que el equivocado soy yo y a esos les diría que hablasen con Alí. Hoy me toca hablar de Alí. Hoy voy a dejar la poesía a un lado, voy a dejar que la imaginación y los pinceles descansen un poco y voy a ponerme otro traje de faena. Voy a hablaros de Alí. Me voy a extender un poco, espero que no sea demasiado. Solo lo justo. Se lo debo. Hace tiempo que quiero hacerlo, pero entre hablaros de mis cosas, de mi pintura, de las odaliscas y de todo un mundo, que de alguna manera me he fabricado a mi medida, no he dicho nada de él, y creo que se lo merece. Es lo justo. Este es mi último e-mail. Es para él.
Cuando llegué a la casa, la primera sensación que tuve, es que la experiencia que iba a tener os la tenía que contar, la tenía que escribir. Alguno de vosotros, incluso, me animó a ello. Me propuse escribir una especie de diario en donde recogiera todas y cada una de las ricas y sin duda agradables conversaciones que iba a mantener con él. Alí se mostraba simpático, agradable y si se quiere, hasta un punto divertido. Basta escucharle cuando cuenta algo, con esa cadencia del que no tiene prisa sino todo lo contrario, todo el tiempo del mundo por delante, para darse cuenta que habías entrado en otra dimensión muy distinta. Si le preguntabas algo a Alí, te contestaba con todo lujo de detalles. A veces si no entendías algo, como por ejemplo si había dicho que tenía dos o tres hermanos, y cuantos de ellos eran hombres o mujeres, era mejor olvidarse de volverle a hacer la pregunta, porque empezaba de nuevo desde el principio. No se limitaba a decirte que tres eran mujeres y otros tres eran hombres, sino como si fueras un idiota rematado, o un tonto del culo con coeficiente intelectual de menos veinte, que para el caso es lo mismo, que Alí empezaba, desde el principio, a contarte la vida de sus hermanos, sus profesiones, si estaban casados o no, y todo el rollo que ya te había dicho media hora antes. Entonces no sabías que hacer, si partirte la caja, como diría mi hijo, o escucharle de nuevo, pacientemente, toda una explicación que en principio te importaba más bien poco, por no decir nada, pero que te ayudaba, de alguna manera, a comunicarte con alguien que estaba tan necesitado como tú, por poder hablar. Anécdotas de Alí podría contar varias, pero con el espacio que tengo, no nos olvidemos que esto es un e-mail, creo que basta con un par de ellas. La primera, y esta es la de cal, es que Alí, para mi sorpresa, es todo un gourmet, un entendido, un sibarita, solo que le faltan los medios aunque le sobren los conocimientos, que los tiene, y muchos. Le he visto, por ejemplo, cocinar el centollo, como si lo hiciera cada día, o hablar de las ostras o de cualquier simple verdura como el más afamado chef de nuestras cocinas. "Le qualité", como él dice juntando el pulgar y el índice mientras se los lleva a la garganta y los desliza por ella suavemente, en un gesto del más puro erotismo gastronómico, "Il y a des qualités..." Pero como todo el mundo, Alí también se equivoca. Una cosa es que sea un entendido, las verduras en Marruecos son de una excelente calidad, y otra es que acierte. Por ejemplo, el otro día empleó mas de quince minutos en escoger el melón que nos íbamos a comer. Me recordaba a mi padre cuando hacía lo mismo. Lo levantaba, lo sopesaba, lo tocaba, lo apretaba... en fin, ese tipo de cosas que uno hace cuando compra un melón, pero al final terminas mirando al dueño para que te indique, con un gesto, cual es el bueno, aunque no termines de fiarte de su opinión. Pues bien, cuando fui a pagarlo, el precio le pareció excesivo y decidió dejarlo. Tuve que insistir para podernos llevar el melón a casa, pero, y esto es lo que me provocó la risa, el melón estaba tan incomestible que tuvimos que dárselo a las gallinas y a los pavos, que dieron buena cuenta de él. C’est la vie. No siempre se acierta. Cuesta hacerlo.
La segunda, llamémosle anécdota, que no lo es en absoluto, es algo más larga y no es tan divertida. Ya os lo he dicho, una de cal y otra de arena. Alí reflexiona. Lo que pasa es que lo hace demasiado y no hay conversación que inicies con él en donde no la comience con esta expresión, "Je réfléchi". La he escuchado más de un millón de veces. Casi se diría que es la única que he aprendido del francés, je réfléchi. Cuando Alí comenzaba así para explicarte algo, ya podías buscar un lugar en donde ponerte cómodo, pues la cosa iba para largo. Je réfléchi. Al principio pensaba que era el inicio de una auténtica reflexión que conducía a algún tipo de resultado, pero con el tiempo me di cuenta, que se trataba una y otra vez de explicarte la misma historia, es como si hubiera olvidado que ya te la había contado, y lo tuviera que volver a contar otra vez. Yo entendía perfectamente su situación, ¿quién no lo haría? Pero a lo que no estaba dispuesto es a que me repitiera cada día la misma cantinela, como en la mili cuando nos repetían una y otra vez como teníamos que hacer para cargar y descargar el Cetme. Te lo decían tantas veces, que al final, o no te interesaba, o lo olvidabas. Algo parecido me ocurre cuando entro en un avión y la azafata explica la historia de lo que hay que hacer en caso de emergencia. Lo he visto tantas veces, que el día que ocurra algo no voy a tener ni la más pajolera idea de qué hacer. Pues eso es justo lo que a mí me estaba ocurriendo con Alí, que al final te cansabas de escuchar todo el tiempo la misma historia, la de sus sueños por ir a Europa. Pero de eso hablaré después, ahora prefiero continuar con el relato.
Como os decía, acababa de llegar. Tenía hambre por pintar. Me había hecho más de 1.800 kilómetros en dos días, con paso de frontera incluido, que si no es por ese detalle, me hago el viaje en un solo día. Y no es una machada, sé que puedo hacerlo. Me gusta conducir. Me gusta el silencio de la carretera, penetrar un paisaje y romperlo suavemente sin mas ruido que el de mi coche. Sin música. La música la dejo para la ciudad en la que la pongo a todo volumen, eso sí, con las ventanillas subidas, como corresponde, aunque anhele lo contrario, bajarlas, porque soy de los que opinan que de vez en cuando, al menos una vez al año, hay que hacer el hortera, bajar las ventanillas del coche y con la música de los Chunguitos a todo trapo atravesar las Ramblas de arriba abajo. O de abajo arriba. O de ambas maneras, aunque tampoco conviene atragantarse. El que no lo ha hecho no sabe lo que se pierde. Pero la policía marroquí, y la aduana, pesados como ellos solos sin necesidad de ayuda y sin certificado oficial que así lo acredite, porque en el libro de los Guinness aún no han puesto un capítulo para los "Plastas, Pelmas y Pesados", que si no se llevarían la palma, pues son capaces de retenerte en la frontera el mes de vacaciones, me lo impidió. Así que al llegar a la casa me vino bien relajarme, reírme un poco con lo que Alí me pudiera contar, que para mí, en ese momento, era como un bálsamo. Una especie de área de descanso antes de tirarse de nuevo al asfalto. Y empecé a preguntarle a Alí ese tipo de preguntas que haces por cortesía, de esas que aunque te importe un pepino lo que te respondan, te crees con la obligación de hacerlas. A mí me pasa a menudo, sobretodo cuando estoy con alguien con el que no me puedo comunicar porque habla un idioma distinto al mío. Ya sabéis que no sé hablar ningún idioma que no sea el español. Son situaciones en las que el silencio es espeso y quieres romperlo con cualquier estúpida pregunta. Para que os hagáis una idea es como cuando entráis en un ascensor con un vecino del que no sabéis ni como se llama, y entonces vas y le preguntas cualquier chorrada y él va y te contesta con otra-chorrada-monosilabo que se le ocurra. Lamentas haber abierto la boca. Pero al día siguiente caes en el mismo error. Con lo bonito que es el silencio si que nadie lo estropee abriendo la boca. Pero el silencio no es algo que se pueda compartir. Hay demasiada gente que no para de abrir la boca. Yo el primero.
Y si pensaba que con Ali las risas estaban aseguradas, me equivocaba de cabo a rabo. Porque las risas a veces duran menos que las promesas de fin de año de dejar de fumar. Hay risas que son el preludio de una tormenta. Hay risas que es mejor no participar en ellas. Hay risas que es mejor no escuchar. Son lo que yo llamo las risas de la miseria. Se ven venir. Comienzan cuando el que las provoca lo hace de sí mismo. Al principio son tímidas, unas breves referencias a algún episodio en el que la falta de recursos o de medios pone al individuo en situaciones hilarantes. Pero después se van espesando, pierden ligereza y se hacen duras. Es el momento de marchar, de alegar que tienes sueño o que no puedes pasar un minuto más sin encender la televisión que no tienes. Invéntate algo, lo que sea, sino estás atrapado. Hay risas que son duras y no todo el mundo puede soportarlas. Alí tampoco soportaba las suyas, y las lágrimas, ya os lo he dicho, no tardaron en aparecer. Y cuando llueve cuesta mucho volver a secar el terreno. Sobretodo si llueve sobre mojado. En Marruecos hace mucho sol, pero el sol no seca la lluvia de las lágrimas que está en los corazones de la gente.
Cuando Alí acababa con lo que él llamaba sus reflexiones, el problema era como recoger los restos de la tormenta. Tú podías hacerlo con una imaginaria escoba que barriera el polvo en el que te habías quedado hecho, pero los restos de Alí, valga la expresión, a nadie le importan una mierda. Y él lo sabe. Hay demasiada miseria. Demasiada. Nuestro mundo, no descubro nada nuevo, lo sabemos todos, no tiene nada que ver con el mundo que millones de personas tienen. Las cosas son como son y es difícil, muy difícil, provocar cambios que mejoren en algo la vida de las gentes. Así que lo que más lamento, como os decía antes, es no haber escrito cada día un poco de lo que me estaba pasando. No porque con ello pudiera cambiar nada, sino al menos como desahogo personal ante un problema que tú sabes que existe pero que nada puedes hacer por solucionarlo. Aún no me he marchado y ya me estoy arrepintiendo. Y eso que me gusta escribir, lo habéis visto en mi pintura, pero no puedo luchar contra los imponderables. La culpa, siempre hay que echarle la culpa a alguien cuando las cosas no salen como uno quiere, la tiene el ordenador. Es un ordenador portátil de mierda, uno de esos de teclado que llaman de plasma. Un auténtico coñazo. No consigo escribir dos letras sin equivocarme en tres y yo no tengo madera de sufridor. Nunca la he tenido ni pienso tenerla. A mí me gusta el teclado rápido, el mecánico, de esos de aporrear hasta que te duelan las yemas de los dedos. Así consigues la velocidad y la fluidez de lo que tu mente piensa o imagina. Soy un tipo nervioso, algunos dirían que algo hiperactivo, otros que un pelín estresado. Pero cuando escribo sé que voy a vomitar. Porque escribir es eso, vomitar. Como la pintura, en la que te sale todo de golpe o no te sale nada, mientras que con esta maldita máquina de los cojones todo es lento, interrumpido, cortado. Deberían prohibir los teclados de plasma, la gente escribiría más. Aunque quizás no sea demasiado conveniente.
Bien, sigamos con Alí, que es lo que interesa. Lamento la interrupción, pero es que a veces hay cosas que me calientan, y lo del teclado mucho, porque sé que me ha impedido escribir una buena historia. Ansiaba hacerlo. Alí, aunque no lo parezca, tiene unos treinta y seis, treinta y siete años. Delgado como la mayoría de los marroquíes. De pelo negro y algo rizado, como cualquiera de ellos. Con bigote. ¿Qué árabe no lo tiene? No hay nada de especial en su fisonomía que sea digno de destacar. Si no fuera porque se le pueden contar las costillas cuando se queda en camiseta, y un pequeño defecto en su ojo izquierdo, que me hace pensar que terminará sin vista, pues una especie de nube le empieza a blanquear la retina, no lo distinguiría de ningún otro. Es el típico marroquí que uno ha visto mil veces en cualquier calle de Europa. Sin embargo, Alí, os lo puedo asegurar, es muy diferente. Es alguien especial. Y no es que yo ahora me encuentre con el síndrome de Estocolmo, o cualquier otra cosa por el estilo. No es eso. Alí piensa, ya os lo he dicho, reflexiona. Y pensar, en un país como Marruecos, no puede conducir a nada bueno, sobretodo cuando los pensamientos tienen un único y exclusivo fin, que es cómo salir de la miseria que te rodea un día sí y otro también. Le puedes estar dando todas las vueltas que quieras, pero no encuentras la solución. La miseria seguirá allí y la única solución posible, "El Paraíso", se llama Europa. ¿Alguien puede dudarlo? Pero Europa no está al alcance de cualquiera. Hay que tener dinero para cruzar el estrecho. Bueno, yo pienso que hay que tener dinero y cojones, porque aventurarse a meterse en una patera para cruzar el estrecho, o el Atlántico, con muchas posibilidades de acabar en el fondo del mar, no es cosa que sea fácil de hacer, y si además, el resultado es incierto, porque después de empeñarte tú, tu familia, tus amigos y la madre que te parió, te coge una patrullera y te devuelve a tu casa, ya me contarás la maldita gracia que te hace. La desesperación por el fracaso y por la deuda que has dejado pendiente, haría, pienso yo, que desearas la muerte. Y os puedo asegurar, y no porque sea un llorón, que a veces lo es, que Alí lo haría. Está razonablemente desesperado. ¿Quién no lo estaría en su lugar? Vive solo en una casa en la que trabaja como guardián y jardinero. Lo he visto trabajar todo el santo día, pues el jardín tiene varias hectáreas. Los que habéis estado aquí lo sabéis Su sueldo es de dos mil trescientos dirhams, unos doscientos euros al cambio, por lo que apenas le alcanza para fumar el tabaco que a diario se lleva a la boca. Vale que es su problema, pero cuéntaselo a un fumador, verás que te responde. A mí me han contado historias de nuestra guerra civil en las que un preso cogía la colilla que otro había tirado a las letrinas, la ponía a secar y le daba unas caladas. Lo sé porque soy fumador y me encuentro enganchado, para mi desgracia, a la nicotina. Yo también quiero dejarlo, pero eso me lo digo cada día, como hace él, y no lo consigo, como tampoco lo consigue él. Pero sigamos con el relato que me pierdo. Con lo que gana Alí, ya os lo he dicho, no le llega ni para pipas. Lo dice en árabe, pero estoy seguro que la traducción es esa. Podría decirlo en el idioma que quisiera, podría incluso estar callado, que su expresión le delataría.
Y os puedo asegurar que no es la primera vez que alguien me llora. Hay, ya os lo he dicho, demasiada miseria. El año pasado, sin ir mas lejos, estuve en Etiopía, y aunque allí gran parte de la gente, sobretodo en el sur, aún visten con taparrabos, la verdad es que no tuve la sensación que ahora tengo. Viajaba como lo hago siempre, por mi cuenta, por mis propios medios, con una mochila en las espaldas y con un billete de avión en el bolsillo. Siempre lo he hecho así, y no voy a cambiar. Me considero un viajero, y no un turista. Me gusta viajar, pero ahora he descubierto que poco me diferencio del que metido en un autobús le llevan ni a donde el mismo sabe. Apenas arañamos, por mucho que lo pretendamos, la superficie de cualquier país. Porque una cosa es viajar con una cámara de fotos colgada al cuello, y otra muy distinta es sentarse en un sofá a las diez de la noche y estar hablando de los sueños que uno tiene hasta altas horas de la madrugada. Ese es otro tipo de viaje. Ahí no puedes tomar ninguna foto. El retrato te lo llevas en el alma.
El sueño de Alí es venir a España. Pero no tiene manera de hacerlo. Necesita que alguien le haga un contrato. Aquí, en Marruecos, se trafica hasta con los contratos. Los de España y los de Marruecos. Los de España porque se venden a precios muy altos para quién este dispuesto y pueda pagarlos. Ya sabéis, el que quiera puede meterse en ello. Se gana mucho dinero. Es todo un negocio. La corrupción lo invade todo. Pero no solamente los contratos para trabajar en España, también con los contratos para trabajar en Marruecos. Da lo mismo la empresa, que sea oficial o privada. Si quieres trabajar tienes que entregarle a alguien una fuerte cantidad de dinero. El problema es que muchas veces el contrato es solo para unos meses y una vez transcurridos los mismos, si quieres seguir trabajando tienes que volver a pagar, y si no, hay muchos otros que están esperando para hacerlo. Parece una novela o una película en blanco y negro de los años cincuenta, pero no lo es. Es la realidad con la que Alí se enfrenta cada día. Como él dice, está harto de Marruecos ¿y quién no lo estaría en su caso?Alí lo que quiere, y perdonarme que sea repetitivo, es venir a España. Sabe que si lo consigue, estará un tiempo, ahorrará un dinero y volverá a su país para montarse una nueva vida. Se casará, tendrá hijos, y con un poco de suerte hasta se comprará una casa. En fin, nada nuevo bajo el sol. Buscadores de sueños hay por todos lados. He estado repasando el discurso pronunciado por Luther King en el Lincoln Memorial de Washington en 1963. Está en pleno vigor. Debería de figurar en la cabecera de mucha gente, nos ahorraríamos bastantes problemas. En aquel memorable "Tengo un sueño" (I Have a Dream), King hacía la descripción más bella, en contra de la segregación racial que haya leído en mi vida. Creo que todos estamos de acuerdo. Difícilmente alguien puede pedir la libertad para los suyos y hacerlo con tanta poesía. Pues bien, como os decía, está en pleno vigor, basta con cambiar algunas palabras para que nos demos cuenta de ello. Como King decía, todos los hombres tienen derecho a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad. Tienen derecho a no vivir en una isla solitaria en medio de un inmenso océano de prosperidad material. A no languidecer en las esquinas de cualquier sociedad desterrados de la propia tierra. A salir del oscuro y desolado valle de la miseria hacia el camino soleado del bienestar. Y para que no hubiera ninguna duda a ese derecho, terminaba diciendo que "No habrá descanso ni tranquilidad mientras no se le garantizase a todo el mundo estos derechos, porque el destino de todos los hombres está unido y la prosperidad de unos está inextricablemente ligada a la prosperidad de otros. Nadie puede caminar solo. Todos los hombres son creados iguales". O lo que es igual, diría yo, todos nacemos, crecemos, nos casamos, formamos una familia, soñamos y nos morimos. En el caso de Alí parte de esta premisa falla.
Y sin embargo, y pese a todo, no podía meterme en el coche el próximo fin de semana y marchame sin decirle a Alí claramente lo que pensaba. Y se lo dije: Alí, eres un llorón, deja de llorar. Al principio noté que su expresión le cambiaba algo. Luego me lo dijo. Le había dolido. Entonces empecé de nuevo a intentarle explicar que es lo que había querido decir. Y os aseguro que es difícil. Unos días antes había intentado explicarle lo que era un museo, y aún tengo la duda de que lo haya entendido. Mucho más la función o el sentido de la existencia de un lugar como ese. La comunicación era difícil y el destinatario poco menos que imposible. Que no conozca la existencia de los Beatles, me parece razonable, pero tenerle que explicar que los hombres descendemos del mono, es poco menos que una tarea titánica. Cuando lo hice, estuve imitando a un mono, dando saltos, media tarde, así que os podéis imaginar el dilema que tenía yo para explicarle que había querido decir con lo de que era un llorón. Entonces se me ocurrió de golpe. Pensé en Europa y en la cantidad de accidentes de tráfico que hay. Le dije como mucha gente se queda sin una pierna, o sin un brazo, o sin ambas cosas. Y que muchos de ellos se quedan en sus casas, lamentándose de su suerte, y otros, los menos, se apuntan a un gimnasio y cuatro años después ganan una medalla en los paralímpicos. Que no basta con lamentarse, que hay que hacer algo por si mismo, y que nadie, nadie, te va a solucionar tus problemas. Que esperar a que los demás lo hagan, es perder el tiempo, y que la responsabilidad empieza por uno mismo. Creo que me entendió, aunque nunca se sabe. Dos días después se me acercó y me dijo de nuevo que había reflexionado, pero esta vez para darme una buena noticia. Había pensado en casarse. Si digo que es buena, es porque esta cuestión había sido motivo de debate en muchas ocasiones y el hecho de que ahora pensara en casarse, significaba un cambio. Un importante cambio dentro de su estructura mental. Espero que lo haga.
No sé si servirá de algo lo que os acabo de contar. A lo mejor, sin pretenderlo, hasta me he puesto un poco melodramático. Habrá algunos a los que incluso habré aburrido. No era mi intención. En realidad sé muy bien que lo que nosotros podamos hacer es muy poco, por no decir nada. Problemas hay en todas partes. Y en España un montón. Y no me refiero solamente a los de la alta política, sino a los laborales, a los de la vivienda, a los de la sanidad, a un sinfín de problemas que todos conocemos sobradamente porque todos conocemos a alguien que los sufre. Es evidente que en nuestro país no atan los perros con longaniza, ni es precisamente una maravilla la vida que nos hemos montado. Muchos renegamos y otros incluso la cambiaríamos por la que llevan ellos. O eso pensamos nosotros. Otra cosa es que lo hiciéramos. Pero se lo debo a Alí. Tengo una deuda con él, al menos para que lo tengáis tan claro como me lo ha dejado a mí, que cuando nos encontremos en nuestro país con alguien que es de fuera, un pobre desgraciado que ha dejado su casa, su familia y sus amigos, pensemos no en alguien que está rivalizando con nosotros por ganarse la vida, no en alguien que está sustrayéndonos algo que no le pertenece, sino en alguien que, como nosotros, quiere cumplir un sueño, el sueño de ser igual que cualquier otro, el sueño de buscar la prosperidad, el bienestar, la felicidad. Son los buscadores de sueños, son los buscadores del paraíso. El paraíso en el que nosotros, sin darnos cuenta, vivimos cada día.
Se dice que los rifeños no conocen la paciencia. Hoy creo que eso empieza a ser un mal general. Hace cuarenta millones de años, como le decía a Alí, un mono, en Africa, se bajó de un árbol porque estaba harto de comer cada día de la misma rama, porque se le acabó la comida de la rama o simplemente porque se quería estirar. ¡Que más da! El caso es que se cansó, se bajó y se puso a andar. Hoy, al igual que entonces, quién no se encuentra a gusto en un sitio, me da igual por la razón que sea, buscará la solución que haga falta, hará lo que haga falta y se echará a andar. Buscan un sueño. Muchos no lo encuentran nunca.Un abrazo para todos,
Eleazar

Alí
Hablando con Alí
P.D.: Como os he dicho, este es el último e-mail que os envío. El próximo será para invitaros a la inauguración de pintura el 1 de Septiembre a las 19,00 horas, en la antigua Capilla del Hospital de Sant Sadurní d'Anoia. La exposición se titulará "Santos y Mártires". La he estado preparando durante algo más de un año. Es mi penitencia por haber estado en tierra de infieles. Regreso como un cruzado que no ha librado ninguna batalla pero que ha visto horizontes en donde el alma se te encoge. Me gustaría reencontrarme con todos vosotros, porque ha sido todo un placer teneros al otro lado de esta máquina. De nuevo un beso para todos.
Visita mi web. Me he dado un curro tremendo para actualizarla y ponerla al día. Quién lo haga participará en un sorteo de un Ferrari Enzo de 12 cilindros de color rojo. Pero si ya tienes un coche de estas características y prefieres otra cosa, prometo incluirte en mi relación de amigos inquebrantables, de esos que prefieren hablar con uno antes que irse a la playa a perder del tiempo. Que os pongáis morenos, pero no tanto que no os pueda reconocer a la vuelta. De nuevo un beso. Con este van tres. Me cuesta despedirme.